La Burra



LA BURRA (2026)

Ilustración mixed media. La energía del brochazo de pared con el color afinado que solo te da lo digital.


En Guate les decimos burras a las camionetas extraurbanas. Es por la trompa redonda, que parece de burro, y como "camioneta" es femenino, se quedó en burra. En teoría llevan gente de la ciudad a las periferias, pero con el colapso urbano ya son parte del caos diario del centro. Son school buses gringos que ya no pasaron las regulaciones allá y que aquí renacieron como unidad de estética pop chapina.


Tienen geometría chocante y colores en contraste con alma de lowrider, cromados por todos lados y bocinas tuneadas para tirar Baby Shark o la Lambada. Al volante va el chofer más ágil del planeta, fusionado con un asiento que conoce mejor que a su familia. Cuelgan ganchos como trofeos de conquistas amorosas, y está la cajita de madera con sus compartimientos para ir guardando las varas de cinco en cinco. La bola 8 brilla de más en la punta de una palanca larga, oxidada pero terca, que rebota con cada manotazo que él le da sin siquiera voltear a verla. Con la otra mano gira y desgira un timón casi tan grande como su panza. Cuando levanta la vista al retrovisor, ahí está su colección de arte, en la galería más concurrida del país: un Piolín con el nombre de la pareja del momento en cursiva, llena de bordes y adornos, y un Taz vestido de rapero noventero.


En este zoológico de ciudad, la burra es la bestia más suelta y descontrolada. Galopa por el asfalto esquivando baches, con el brocha colgado de la puerta resolviendo maniobras y echándole la mano a los que suben. Y adentro, por un rato, nadie es individuo. Las almas se funden con la carga que abraza la parrilla plateada sobre la geometría de colores, y todos juntos forman un solo ser: la burra.